Lo roto y lo cosido

La costureraEn tiempos en los que se habla de recomponer el tejido social vale la pena reflexionar sobre la naturaleza de lo roto y lo cosido, sobre aquello que se ha estropeado y aquello que aún falta zurcir. Para ello es importante atender a dos consideraciones: si el desgaste corresponde a un hilo que se ha corrido del resto de la tela, tal vez sólo es cuestión de seguir la ruta a manera de un hilo de Ariadna; sin embargo, si el asunto se entiende de la misma manera en la que se zurcen un par de calcetines, estamos frente a un problema mayor.

¿Cuál es la naturaleza de lo roto? O mejor dicho, ¿cuál es el significado del tejido que se supone que  alguien debe componer? Si no se tiene clara una definición de lo que se ha perdido, de los cortes y rasgaduras que ha sufrido nuestro traje esencial, cualquier voluntad de componenda resulta por demás absurda. Y es que tal vez muchas de las políticas públicas que se han propuesto sobre el tema hasta ahora, no nos dejan ni a la sociedad ni al gobierno en mejor situación que el emperador del cuento de Hans Christian Andersen. Antes de pensar en un traje a la medida, tal vez convenga escuchar la voz del niño que, entre la prole, grita la evidencia de la desnudez.

Coser implica unir cosas, confrontar extremos, ocultar errores e imperfecciones, pero sobre todo garantizar la permanencia en el tiempo. La prenda resultante tal vez no sea perfecta, pero lo verdaderamente importante es que logre cumplir con su función: proteger de la intemperie y poder ser un consuelo para los días de invierno. Por algo Roland Barthes en Mitologías nos explica que “lo liso es un atributo permanente de la perfección, porque lo contrario traiciona una operación técnica y profundamente humana de ajuste: la túnica de Cristo no tenía costura, así como las aeronaves de la ciencia-ficción son de un metal sin junturas.”

Uno sencillamente no puede pretender olvidarse de lo roto obviando las costuras, ésas que pueden tener el mismo sentido que las cicatrices pero también cumplir con la función de evidenciar aquellos puntos en los que diversos sectores de nuestra sociedad convergen para dar cabida a un significado que va más allá de un conjunto de partes que están sueltas. Para recomponer el tejido social hay que considerar justamente que lo liso no existe, y que los parches y remiendos no pueden sustituir la evidencia de un buen trabajo de costura.

Ese trabajo, profundamente humano y por lo tanto imperfecto, hace la diferencia entre el zurcido apresurado y la unión hecha a conciencia. Y a pesar de ello el problema no termina solamente en la factura de la prenda, porque ante todo hay que saber llevarla. En Amistad de juventud, de Alice Munro, Hazel repara en el vestido de Antoinette de una forma en que nos permitiría continuar con la misma analogía: “Aquel traje le hacía pensar en Joan Crawford. No el estilo del traje, sino su perfecto estado. […] Recordaba algo acerca de la forma de planchar las costuras. No hay que planchar nunca las costuras abiertas.”

Este texto fue publicado en Es lo cotidiano, el 14 de mayo de 2014. Lo reproduzco ahora porque lamentablemente sigue teniendo vigencia.