Sobre los recuentos anuales y la construcción de la nostalgia

Notas sobre el tiempo y la ilusión de compartir

 

Decía Baudelaire en sus Diarios íntimos que “Hay momentos de la vida en que el tiempo y el espacio son más profundos y el sentimiento de la existencia infinitamente mayor”, y es justo en los cierres de ciclo cuando uno podría creer, ingenuamente, haber descubierto alguna suerte de causa verdadera en el recuento personal. Justo al llegar el solsticio de invierno uno pareciera contar con cierta seguridad formal sobre fórmulas de vida específica y potencialidades varias, y ciertamente no puede permanecer inconmovible incluso frente aquello que suele producir desinterés de manera habitual.

En cada fin de año hay un sentimiento de ruptura personal, por mínima que sea, y de disolución o conclusión de lo que se creía definitivo. Un año entero se vuelve eco, y el presente, como era de esperarse, instante. La vida pareciera resuelta de súbito, como si la narración que constituye el recuento lo volviera todo más blando de lo que solía recordarse horas o semanas atrás. Y con ese relato volvemos a nosotros mismos, a nuestra propia sensibilidad, desde un tiempo inmóvil. Bien hacía Aristóteles en anotar en Acerca del alma, que “es evidente que percibir sensiblemente y pensar no son lo mismo ya que de aquello participan todos los animales y de esto muy pocos”.

Pero la sensibilidad no determina necesariamente el mundo y el tiempo no es la cultura, en términos más o menos freudianos. Todo recuento marca específicamente los límites del propio universo desde una línea temporal a la manera de un paisaje colgado en la pared. Hay un primitivismo claro en el deseo utópico de enmendar errores desde la imagen anquilosada del recuento; le resta también humanidad a lo vivido. Suplanta la noción de realidad. Cada fin de año es un estorbo para lo verdadero desde la peculiaridad de lo individual, y también el pretexto absoluto para compartir el relato de lo propio. Uno incluso podría articular un discurso más banal yuxtaponiendo sólo la sucesión de recuentos de otros, como ocurre por ejemplo en las redes sociales.

Hay mucho de ritualidad en contemplar el recuento de los otros desde la distancia de lo propio, y aunque cada punto de vista es esencial, también es cierto que detrás de todo ello hay una suerte de omnisciencia extraña. Apuntaba Baudelaire, también en sus Diarios, que “La superstición es el depósito de todas las verdades”, y hay que admitir que esas verdades están ahí, en cada lista de libros del año, de propósitos e infamias, playlists de Spotify o YouTube, entre lo sufrido y lo amado. ¿Existe acaso mayor ingenuidad que valorar aquello que habita lo compartido?

En términos más simples, uno se vuelve más sensible a lo olvidado que a lo vivido, y en el tiempo de las valoraciones simultáneas esa distancia se vuelve más lejana y más profunda. ¿Son los sentimientos un asunto privado? ¿Acaba uno siempre por vulnerar lo personal? Algo más que peculiar se desenreda al evocar el tiempo, y si bien toda sensación de unidad puede resultar engañosa, en el recuento pervive la amenaza vulgar de lo perenne. ¿Qué se esconde tras las pupilas dilatadas de lo celebratorio? Es el instante casi poético de la ignorancia. Es el encanto de la ingenuidad.

Siempre hay algo de complacencia en el relato propio; algo que se niega del todo al menosprecio y se regodea en la moralidad instantánea. Al sincronizarnos en el tiempo imaginamos la vida como algo manejable en términos más simples, de modo que desde el egoísmo que supone todo recuento, construimos un discurso sutil que evidencia todas nuestras flaquezas. En Nostalgia del Absoluto, señala George Steiner sobre el ser humano en Lévi-Strauss que “En los dos polos del tiempo concebible se encuentra enfrentado primero con el misterio de sus orígenes y luego con el misterio de su extinción”. En el hecho de compartir recuentos hay una suerte de solidaridad formal a través de la cual se sentimentaliza el punto de vista del otro, su gozo y su lamento, y entre las infinitas perspectivas del relato colectivo, todas igual de claras y ciertas, se concentra la nostalgia de lo íntimo.

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