Las noticias falsas en la era de la burbuja informativa

El reciente anuncio de Facebook sobre el inminente bloqueo de noticias falsas entre sus anunciantes permite explicar de qué manera está cambiando el sentido de nuestro consumo de información. Vivimos en una época definida por burbujas, por lo que a la burbuja financiera y a la burbuja inmobiliaria habría que agregar una suerte de burbuja informativa que trasciende los hábitos de consumo como los comprendemos en la actualidad.

Las noticias en Internet circulan rápido, se viralizan, constituyen una fuente confiable de conocimiento, y aportan a la formación de un ecosistema de hiper verdad, o en términos más concretos, una meta verdad construida a través de un conjunto de relaciones intercambio simbólico bajo el escrutinio constante de lo que hasta hace algunas décadas solía ser descrito como masas.

En Adiós a la verdad, dice Gianni Vattimo que: “Cada vez más, la verdad de un enunciado funciona no tanto en relación con las cosas mismas, si es que alguna vez fue así, sino como un enunciado que «va bien» para nuestra comunidad, por pequeña o grande que sea: la comunidad local, la comunidad de los científicos, nuestro partido político, la clase.

La gran riqueza de Internet radica en la forma horizontal a través de la cual se crean comunidades. Cuando pensamos que algo es cierto, lo hacemos como derivación de un proceso de identidad a la cual estamos adscritos en función de la información que consumimos, producimos y compartimos. Desde esta perspectiva, algo resulta verdadero cuando coincide con aquello que asumimos como parte esencial de nuestra psique y de nuestros códigos culturales compartidos.

El término burbuja constituye una metáfora que describe un ejercicio de valoración pública que no corresponde necesariamente con la realidad. Se trata más bien de una realidad paralela generada por consenso. En el fondo, implica que dicho consenso constituye una verdad más allá de una perspectiva metafísica, una que se construye a instancias del deseo y que transige cualquier marco de realidad correspondiente.

Cuando las formas tradicionales de conformación del valor pierden credibilidad, estamos frente un entorno propicio a las burbujas. Se apela entonces a la libertad como una alternativa a aquello signado por los mecanismos del sistema. Cuando puede accederse de manera inmediata a distintos tipos información, fuentes y actores, la información pero particularmente las noticias, quedan hasta cierto punto desprovistas de legitimidad.

Los medios tradicionales enfrentan una crisis de credibilidad. Su sola consideración como entidades provistas de poder despierta dudas, supone una forma de discurso ajena a consensos específicos, y arroja a los usuarios de información, particularmente de redes sociales, hacia la conformación de comunidades adscritas a distintos puntos de vista en torno a lo que consideran más allá de la realidad que se les presenta.

La verdad en los nuevos entornos digitales se politiza a partir de su valor de uso, de lo que consideramos apropiado en el contexto de las redes sociales reales. Cuando la construcción social de lo real se construye en función del intercambio, lo verdadero se reviste de funciones más o menos novedosas que determinan las formas de valor.

En Comprender los medios de comunicación, Marshall McLuhan anota que: “La famosa emisión de Orson Welles acerca de una invasión de marcianos fue una sencilla demostración del alcance totalmente inclusivo y envolvente de la imagen auditiva de radio a lo Orson Welles, pero de verdad. Que Hitler llegara a existir políticamente se debe directamente a la radio y a los sistemas de megafonía.”

Tradicionalmente el sonido goza de una mayor horizontalidad que su contraparte impresa, la radio en los tiempos de Orson Welles y de McLuhan resulta similar en términos operativos a estructuras discursivas como Twitter. La radio de Hitler es el equivalente mediático, pero también simbólico, a la cuenta de Twitter de Donald Trump. El hecho de que un votante extremista o desilusionado consuma por igual noticias falsas que una retórica lindante en la mentira, o en términos brutos en lo catastrófico, implica un sentido de consenso más allá de lo evidente. No por nada el pensador canadiense afirmaba también que: “En el mundo occidental, la libertad siempre ha tenido una forma explosiva y divisiva, anticipando así la separación del particular y del Estado.”

No es de extrañar a nadie, pero particularmente a los mercadólogos especializados en comunicación política, propaganda y reputación en línea, el impacto futuro de las declaraciones de Mark Zuckerberg. Bajo la lógica contemporánea, lo que es válido para conseguir likes, retweets, seguidores e hipervínculos, vale también para conseguir votos. Si lo dicho corresponde a la verdad o no es cosa aparte. Dentro del marco de verdad correspondiente a la actual burbuja informativa, la realidad se construye desde adentro.

En La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras, Jean Baudrillard afirmaba que el concepto de consumo, pese a existir previamente dentro de la jerga económica, no existió formalmente hasta el momento en que fue incorporado como un vocablo de uso común. Cuando hablamos de consumo informativo estamos hablando de un proceso de especulación sobre el valor de las ideas así como de la forma en que las intercambiamos.

Para que algo sea revestido de valor es prerrequisito que las personas consideren ese algo como verdadero. Desde esta lógica no existe falsedad donde el consenso se impone, ni desde el anonimato ficticio supuesto por las redes. Para apelar entonces a la verdad se precisa de mucho más que códigos, cambios en las condiciones de servicio, la contratación de editores de contenido con mayores responsabilidades, o de la mera intención de liberar a una plataforma concreta de la culpa. Lo que es preciso es liberar nuestras conciencias de aquello que consideramos verdadero, libre y cierto, y ello sin duda es más complejo.

Publicado en abril de 2017