Aquello que solíamos llamar capitalismo

22A7C13C-3EE5-4F1B-B330-2B89BF73F829Decía Aristóteles en sus Refutaciones sofísticas que asuntos como la salud y la riqueza, pese a poder considerarse como buenos, conllevan la posibilidad de lo perverso cuando no se sabe qué hacer con ellos. Y aunque la referencia pudiera sonarnos ahora como mero sentido común, lo cierto es que en las sociedades contemporáneas, y particularmente en las post capitalistas, suele ser, como decía Horace Greeley, el menos común de los sentidos.

El capitalismo más reciente suele revestirse a sí mismo de una racionalidad aparentemente ciega y ciertamente honesta; en tanto sus defensores más acérrimos suelen apelar a la cordura innata de los mercados, el ámbito de lo económico no deja de seguir una lógica eugenésica. Se trata de un sistema relativamente joven, con antecedentes desde la Edad Media, pero consolidado en el Siglo XVIII, cuyo principio rector se basa en la promesa, no necesariamente factible, de que el trabajo conduce a la propiedad.

Para Proudhon la propiedad conducía natural y necesariamente a la libertad, y si bien ello puede resultar cierto y evidente durante el periodo de consolidación del capitalismo, la propia naturaleza de un Estado desigual suele dar al traste con esa premisa. Habrá quien llame a eso un desajuste, pero lo cierto es que, cuando lo gobiernos se han puesto al servicio de los mercados, éstos se desarmonizan y dejan de cumplir una función mediadora entre las necesidades y la producción.

Así, la mano invisible del mercado se ve revestida por el guante de un Estado que cede lo mismo a presiones gremiales que a la voluntad de cotos empresariales, y pierde su capacidad para representar en términos efectivos para ser gerente, que no garante, de un entorno socioeconómico que no corresponde necesariamente con la naturaleza de aquello que lo constituye.

Ese sistema neo salvaje; es decir, aquello que solíamos llamar capitalismo, se ha reconfigurado a partir de un supuesto principio de racionalidad, pero como bien señalaba Hegel, todo lo racional es real y todo lo real es racional. Atender al hecho de que la racionalidad es un asunto de percepción humana, de consenso sobre lo que se considera comúnmente valioso, debería ser una prioridad en un mundo en el que desde lo político no se asume la corresponsabilidad sobre el dolor de quienes no tienen acceso a las formas más mínimas de intercambio.